MICHEL DE MONTAIGNE

MICHEL DE MONTAIGNE

Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592), descendiente de judeoconversos aragoneses y de una pudiente familia de Gascuña, nació en el castillo de los Montaigne próximo a Burdeos, aunque fue enviado a vivir con los campesinos para tomar consciencia de la pobreza. Fue su padre, alcalde de la citada localidad, quien así lo quiso, y también quien dio al pequeño Michel una educación liberal y humanista. Aprendió música, latín, griego y alemán incluso antes de conocer su lengua, el francés. Tras pasar por el prestigioso Collège de Guyenne, asistió a la universidad y se licenció en Leyes.

Durante doce años fue el juez de la ciudad, aunque su labor intelectual como filósofo, escritor moralista y político le convertiría en una figura importantísima de la cultura gala. Es así que a los 38 años se retira a su castillo para elaborar tesis humanistas en torno al papel del ser humano en el mundo. Lo hace a través de un género nuevo, de creación propia: el ensayo.

Tomando como grandes referentes a clásicos como Sócrates, Séneca, Plutarco y Virgilio, ahonda en el saber, la cultura, la ciencia y la religión en sus “Ensayos”; critica el apego, la inconstancia, la violencia, el fanatismo, y se muestra afín al llamado relativismo cultural, a reconocer la valía de leyes y credos distintos. Considerado escéptico, cree que la incertidumbre es el centro de la vida, y que nada puede tomarse como absoluto.

Sus escritos, en libros como el mencionado “Ensayos”, “De la amistad”, “Maestro de vida”  o “Páginas inmortales” contienen frases de peso para reflexionar:

 

La conciencia hace que nos descubramos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, y a falta de testigos declara contra nosotros.

 

El signo más cierto de la sabiduría es la serenidad constante.

 

Quien no vive de algún modo para los demás, tampoco vive para sí mismo.

 

Aunque pudiera hacerme temible, preferiría hacerme amable.

 

Rechazo toda violencia en la educación de un alma tierna que se adiestra para el honor y la libertad.

 

La prueba más clara de la sabiduría es una alegría continua.

 

Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara.

 

Incluso en el trono más alto, uno se sienta sobre sus propias posaderas.

 

Cien veces al día burlamos nuestros propios defectos censurándolos en los demás.

 

No hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo.

 

A medida que el hombre exterior se destruye, el hombre interior se renueva.

 

No hay desierto como el vivir sin amigos; la amistad multiplica los bienes y reparte los males, es el único remedio contra la adversa fortuna, y un desahogo del alma.

 

No hay victoria, si no se pone fin a la guerra.

 

Prefiero que se me elogie menos, con tal de que se me conozca más.

 

Un sabio entre mis favoritos que os invito a conocer a fondo.

 

Álex Rovira

Alex Rovira