SOBRE EL PERDÓN

SOBRE EL PERDÓN

 

Tema complejo y delicado el del perdón, sobre el que deseo compartir algunas reflexiones.

 

En general a los seres humanos nos cuesta perdonar y nos cuesta olvidar. El perdón depende mucho de la voluntad, pero el olvido no. Quizás porque nuestra memoria actúa como un mecanismo de defensa para evitar que se repita el dolor. Olvidar a veces puede ser arriesgado por imprudente, porque podemos volver a cometer el mismo error.

 

En cualquier caso, aunque no olvidemos, el perdón implica la no venganza, el no castigo, dejar de juzgar e incluso dejar de odiar. Además, con dolor es muy difícil la alegría, por no decir imposible. Y el resentimiento es uno de los elementos que constituyen el dolor. Quien vive en el resentimiento vive en el dolor y eso dificulta enormemente la placidez y la alegría de vivir.

 

Son necesarias grandes dosis de empatía y comprensión para el perdón. Porque el perdón no nace espontáneamente; es un acto de voluntad que requiere altas dosis de reflexión y de compasión: comprensión, empatía y misericordia. No puede haber perdón sin la comprensión profunda del perpetrador y sus circunstancias. De ahí puede surgir una cierta empatía que lleve al paso siguiente: la misericordia y la compasión.

 

Es por ello que no es fácil perdonar, nada fácil, dependiendo del mal recibido, aunque tampoco es imposible. Es por ello que hay una gran dosis de voluntad en el perdón, aunque obviamente depende de cómo vivimos la intensidad del daño que nos ha sido hecho y de la profundidad de la herida que ha quedado en nosotros.

 

Hay relaciones que son profundamente intensas no por amor, sino por odio, que no deja de ser una emoción tan intensa como el amor pero de signo opuesto. El odio es un compromiso emocional venenoso que nos mantiene vinculados a la persona odiada.

 

El perdón, además, no es nunca un favor hacia el que nos ha hecho daño, es un acto de liberación que libera al que perdona de la cárcel del mal recibido. Por eso es necesario comprender en profundidad las circunstancias del que ha hecho el mal para poder articular desde la consciencia el gesto interno que lleva a liberarnos y liberar. Y en esa liberación reside la alegría, porque el dolor de la ofensa o del mal es la coraza que soltamos y la cadena de la que nos liberamos del vínculo de odio y de la rabia hacia el perpetrador, incluso se desvanece también la sed de venganza.

 

Por ello, quien es capaz de perdonar se libera de tres grandes venenos: el del odio, el del resentimiento y el de la sed de venganza, tres ácidos terribles que van carcomiendo por dentro el propio ser. Con lo cual al dolor de la ofensa o del daño se suma el padecimiento que generan estos tres tóxicos.

 

Cuando el dolor, el odio y la sed de venganza mueren, nace de nuevo la alegría.

 

Perdonar no es justificar, ni condescender; es comprender y tener la voluntad de liberar al otro y deliberarnos nosotros. Y a perdonar se aprende. Aunque por supuesto es condición casi siempre necesaria, que el que ha perpetrado el mal, el perpetrador, reconozca la culpa, se disculpe, y obviamente, pida el perdón.

 

Si pensamos en personas que han hecho grandes cambios en la historia de la humanidad, todos ellos mostraron públicamente una inmensa e incluso me atrevo a calificar de sobrehumana capacidad de perdonar. Pienso ahora mismo en Nelson Mandela o en Gandhi, por citar dos ejemplos de extraordinaria humanidad. Ambos vivieron situaciones en las que la mayoría no hubiéramos concebido la más mínima opción de perdonar.

 

Y es que perdonar requiere una confianza plena en la capacidad de regeneración del ser humano. Confianza en la humanidad de hombres y mujeres que a veces parece extinguida, porque nacemos mujeres y hombres pero conquistamos nuestra humanidad en un trabajo de consciencia y de amor.

 

Por supuesto, a veces el perdón se nos antoja imposible. Especialmente para aquellos que han sido objeto de lo terrible, de lo más sórdido y cruel, del ensañamiento, de la tortura, del abuso o del atentado que ha sesgado vidas o herido en profundidad cuerpos y almas. En tales extremos el perdón es una acto de libertad radical, que rompe la lógica de la ley del talión, del ojo por ojo y diente por diente, de la venganza instintiva, de la inercia de la revancha y la represalia. Es una apuesta absoluta por la esperanza, tanto que puede llegar a confundirse con una ingenuidad ciega o estúpida. Pero quien es capaz de perdonar a pesar de todo, limpia con su perdón no solo su dolor sino que abre las puertas a escenarios de reconciliación inconcebibles. Miremos de nuevo los casos de Gandhi y Mandela, por ejemplo.

 

La esperanza de comenzar de nuevo es el perdón. La posibilidad de poner la cuenta a cero, y de volver a abrir caminos ahí donde parecía que las zarzas del odio y la venganza lo habían invadido todo.

 

Si además, el que ha sido perdonado, es capaz de reparar el daño, entonces la compensación refuerza el gesto que ha hecho la persona que perdona.

 

Acabaré con una frase de uno de los grandes maestros del perdón de la humanidad, Gandhi, quien dijo que “el mundo no tiene como fundamento la fuerza de las armas sino la fuerza de la verdad del amor”. Esa fuerza de la verdad del amor se hace de acciones coherentes con palabras que les dan sentido. Cuando el gesto interno de la disculpa es verdadero, un nuevo escenario relacional emerge lleno de posibilidades. El odio siempre hunde, esclaviza y destruye a todas las partes en conflicto, mientras la voluntad de comprender y amar siempre nos eleva, nos hace libres y creativos por el bien común.

 

Álex Rovira

Alex Rovira