Cómo dejar de preocuparse es una de las preguntas más frecuentes cuando vivimos con ansiedad por el futuro, damos demasiadas vueltas a los problemas o sentimos que nuestra mente no descansa nunca.
¿Por qué nuestra mente imagina siempre el peor escenario?
¿Y si sale mal?
Es una de las preguntas más repetidas por nuestra mente.
¿Y si pierdo el trabajo?
¿Y si esa conversación termina en conflicto?
¿Y si el proyecto fracasa?
¿Y si ocurre algo inesperado?
Lo curioso es que la inmensa mayoría de esos escenarios nunca llegan a suceder. Sin embargo, nuestro cuerpo reacciona como si estuvieran ocurriendo en este mismo instante.
Vivimos el miedo antes de vivir la realidad.
Y ese desgaste tiene un enorme coste emocional.
La mayoría de las preocupaciones nunca llegan a hacerse realidad
El psicólogo Robert Leahy cita un dato que invita a la reflexión: aproximadamente el 85 % de las preocupaciones que tenemos nunca llegan a cumplirse.
Y, de las pocas que finalmente ocurren, la mayoría de las personas reconoce que las gestionó mucho mejor de lo que esperaba.
¿Qué significa esto?
Que dedicamos una enorme cantidad de energía mental a problemas que nunca existirán.
No sufrimos únicamente por lo que ocurre.
Muchas veces sufrimos por lo que imaginamos que podría ocurrir.
Tu cerebro no distingue bien entre un peligro real y uno imaginado
Aquí aparece uno de los mecanismos más fascinantes del cerebro.
Cuando imaginas repetidamente un escenario negativo, una parte del cerebro llamada amígdala interpreta esa posibilidad como una amenaza.
No importa que estés sentado tranquilamente en el sofá.
Para el cerebro, ese peligro ya existe.
Como consecuencia, el organismo activa la respuesta de supervivencia.
Aumenta el ritmo cardíaco.
Se libera cortisol.
Se incrementa la tensión muscular.
La respiración cambia.
El cuerpo entra en estado de alerta.
Todo ello… por un problema que todavía no ha ocurrido.
Y quizá nunca ocurra.
La diferencia entre preocuparse y ocuparse
Existe una diferencia enorme entre estas dos palabras.
Ocuparse significa actuar sobre aquello que puedes hacer hoy.
Prepararte.
Aprender.
Hablar con quien corresponda.
Tomar decisiones.
Moverte.
En cambio, preocuparse consiste en permanecer atrapado imaginando una y otra vez escenarios futuros sobre los que, en ese momento, no tienes ningún control.
La acción genera avance.
La preocupación genera desgaste.
Cuándo preocuparse deja de ser útil
Preocuparse no siempre es negativo.
Una dosis razonable de inquietud puede ayudarnos a anticipar riesgos, organizar mejor nuestro trabajo o prepararnos para una situación importante.
El problema aparece cuando esa preocupación ocupa todo nuestro espacio mental.
Entonces dejamos de planificar.
Y empezamos a rumiar.
Le damos vueltas al mismo pensamiento una y otra vez sin avanzar.
Es como correr sobre una cinta.
Gastamos muchísima energía, pero permanecemos exactamente en el mismo lugar.
Cambia una pregunta y cambiará tu forma de pensar
Nuestra mente tiene una enorme facilidad para completar esta frase:
¿Y si sale mal?
El problema es que rara vez se hace la pregunta contraria.
¿Y si sale bien?
¿Y si esa conversación fortalece la relación?
¿Y si ese cambio termina siendo una oportunidad?
¿Y si descubres capacidades que todavía no conoces?
No se trata de pensar de forma ingenua.
Se trata de equilibrar la balanza.
Si tu mente dedica diez minutos a imaginar el peor escenario posible, también merece dedicar unos minutos a contemplar que las cosas pueden salir mejor de lo esperado.
Cómo dejar de preocuparse tanto: 3 ideas prácticas
Si quieres empezar a romper este hábito, prueba estos ejercicios:
1. Pregúntate si el problema existe hoy
No dentro de un mes.
No dentro de un año.
Hoy.
Muchas preocupaciones desaparecen cuando vuelves al presente.
2. Diferencia entre lo que depende de ti y lo que no
Si puedes hacer algo, actúa.
Si no puedes hacer nada, seguir preocupándote no cambiará el resultado.
3. Cambia el «¿y si sale mal?» por «¿y si sale bien?»
No para engañarte.
Sino para darle a tu cerebro la oportunidad de contemplar otras posibilidades.
Conclusión
La preocupación excesiva nos hace vivir dos veces el mismo sufrimiento: una en nuestra imaginación y otra, si finalmente ocurre, en la realidad.
La buena noticia es que la mayoría de esas situaciones nunca llegan a producirse.
Y cuando sí lo hacen, solemos descubrir que somos mucho más fuertes y capaces de lo que pensábamos.
Quizá la próxima vez que aparezca ese «¿y si sale mal?» puedas detenerte un instante.
Respirar.
Y hacerte otra pregunta.
¿Y si esta vez sale mucho mejor de lo que imagino?
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