EPÍCTETO

EPÍCTETO

Sabemos de este filósofo griego-latino, cuyo pensamiento está referido a la escuela estoica, gracias a los escritos de su discípulo Flavio Arriano, en el “Enchiridion” y en sus “Discursos”.

De hecho, Epícteto, llamado de Frigia por la ciudad de la que era originario –nació allí, hoy Turquía, en el año 55–, vivió en Roma como esclavo. Su amo, que había servido al emperador Nerón, le procuró educación. Más tarde, el emperador Domiciano ordenó su exilio, junto a otros pensadores, y Epícteto se trasladó a Nicópolis, en Grecia, donde fundó escuela propia. Dicen los historiadores de la época que se ganó respeto y más fama que el mismo Platón, uno de los filósofos clásicos más influyentes.

Desde el punto de vista estoico, la búsqueda de la felicidad o eudaimonía es el centro de la vida, a partir del cultivo de la virtud y del autoconocimiento. Por virtud, se entiende descartar lo superficial para adentrarse en lo racional, el desapego y los buenos sentimientos. Es la racionalidad lo que permite a la persona vivir con consciencia y aceptación del destino. Solo con un comportamiento adecuado podemos ser más felices: diferenciando lo que podemos cambiar para mejorar, y aceptando lo que no podemos cambiar, para vivir con ello en paz.

Siempre aprendiendo, creciendo como individuos, podremos tener una vida plena.

Así lo expresa el filósofo:

Acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo demuestra que la educación ha comenzado.

 

Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.

 

Así como hay un arte de bien hablar, existe un arte de bien escuchar.

 

La felicidad no consiste en adquirir y gozar, sino en no desear nada, pues consiste en ser libre.

 

La prudencia es el más excelso de todos los bienes.

 

No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo.

 

No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.

 

El alma es como una ciudad sitiada: detrás de sus muros resistentes vigilan los defensores. Si los cimientos son fuertes, la fortaleza no tendrá que capitular.

 

Tú puedes ser invencible, si no te enganchas en combate alguno cuya victoria no dependa de ti.

 

Engrandecerás a tu pueblo no elevando los tejados de sus viviendas, sino las almas de sus habitantes.

 

Los acontecimientos no te lastiman, pero tu percepción de ellos sí puede hacerlo.

 

Los hombres no se perturban por las cosas, sino por la opinión que tienen de éstas.

 

Disfrutemos del pensamiento de este sabio.

 

Feliz semana,

Álex Rovira

Alex Rovira