El signo de la suerte

El signo de la suerte

A menudo, en conversaciones con compañeros de trabajo, amigos, familiares o conocidos oímos la referencia a un tercero en términos: “¡Fulano de Tal, sí que tiene buena suerte!”. Esta expresión nos lleva a pensar espontáneamente en que la fortuna parece favorecer al sujeto que es objeto de la conversación. Pero si analizamos con detalle los motivos por los que se le atribuye esa buena fortuna, observamos en la mayoría de los casos que detrás de ella existen un conjunto de elementos que nos llevan a pensar que más que cuestión de puro azar (que, sin duda, puede también estar ahí) la buena suerte de la persona es más el resultado de su trabajo y de sus actitudes que no de los caprichos de lo aleatorio. Por ese motivo es quizás conveniente diferenciar dos conceptos: suerte, por un lado y buena suerte, por el otro.

La suerte entendida como la define el diccionario tiene que ver con el azar. Por lo tanto, se trata de la aparición de circunstancias que no son controlables ni reproducibles por la voluntad humana y cuyos efectos, favorables o adversos, tienden a ser efímeros. Por otro lado, la buena suerte, dicen aquellos que consideran tenerla, la crea uno mismo: uno es la causa de su buena suerte.

¿Cuáles son entonces los elementos que definen a las personas que consideran que tienen buena suerte en la vida? Vamos a enumerar a continuación los más representativos:

Tienen una actitud positiva ante las experiencias que viven, incluso cuando éstas, de entrada, aparecen como un revés, una dificultad o una crisis. Su optimismo se ancla no en la ingenuidad sino en la lucidez y en el compromiso con su trabajo. Cuando la adversidad se presenta, se cuestionan en qué medida han contribuido a la situación y actúan, en consecuencia, para resolver la circunstancia que se haya generado.

  • En consecuencia, se saben responsables de sus actos. Ante el error o la adversidad no tienden a culpar a un tercero, sino que se preguntan en qué medida ellos son, consciente o inconscientemente, causa de lo que les ha ocurrido y se cuestionan cómo pueden enmendarlo haciendo uso desde la palabra hasta la acción reparadora.
  • No viven el error como una mácula en su currículum o algo de lo que avergonzarse, sino que hacen de él una fuente de aprendizaje continuo.
  • Disponen de buenas dosis de asertividad y de sentido de la autoestima. Ello les lleva a mantenerse fieles al que es su propósito, a perseverar, a trabajar para crear las condiciones que favorezcan la aparición de aquel anhelo que persiguen.
  • Visualizan: utilizan su imaginación para ver con su mente su anhelo realizado. Funcionan con un “hay que creerlo para verlo” más que con un “hay que verlo para creerlo”.
  • Son perseverantes: no postergan las cuestiones que tienen pendientes de resolver. Ante algo a hacer, o lo resuelven de inmediato, o lo delegan o lo tiran a la papelera, pero no dejan temas pendientes de resolver.
  • Tienden a atribuir un significado constructivo a aquello que les sucede. Pero no desde la ingenuidad, la estupidez o la lectura fácil o buenista, sino desde una voluntad de construir su vida desde el análisis que lleva al aprendizaje, a la mejora, a la transformación. En este sentido, podemos observar que una misma circunstancia puede ser vivida dependiendo de la persona como un golpe de mala suerte o, en el caso contrario, como un regalo de la vida que permite abrir la conciencia a un modo nuevo de percibirse a sí mismo y a los demás y lo que es más importante, a actuar de manera diferente a como lo se estaba haciendo: a cambiar, en definitiva. Esta segunda opción es característica habitual de los creadores de buena suerte.

Sobre este último punto quisiera extenderme y tomar para ello una metáfora que considero sumamente ilustrativa. Existe un cuento de la tradición en el que se muestra de una manera muy clara la actitud esencial del creador de buena suerte. El cuento dice así:

“Un día, un bellísimo caballo decidió bajar de las montañas y entrar en la aldea en la que vivía un anciano labrador. El caballo se dirigió y detuvo en el establo del anciano. Los habitantes del pueblo, al ver a tan bello ejemplar bebiendo y descansando en el establo del labrador, fueron a avisarle: “¡Un joven y hermosísimo caballo ha entrado en tu establo!; ¡ven, vamos a verlo!”. El anciano acompañó a todos sus vecinos que, agitados, con prisas y en grupo le llevaban del brazo hasta su propio establo. Cuando llegaron allí, la multitud celebraba entre gritos y celebraciones la fortuna del abuelo: “¡Qué buena suerte has tenido!”, exclamaban. A lo que el anciano labrador respondió: “¿Buena suerte?… ¿mala suerte?… ¿quién sabe?”.

Al día siguiente, ocurrió algo inesperado: el joven caballo regresó a las montañas. Los vecinos se dieron cuenta rápidamente del hecho, y cuando avisaron de lo sucedido al anciano labrador y lamentaron el acontecimiento, el labrador les replicó nuevamente: “¿Mala suerte?… ¿buena suerte?… ¿quién sabe?”.

Pasó una semana, y el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Todos ellos fueron a parar de nuevo al establo del anciano labrador, ya que el joven macho que había pasado allí su primera noche hacía una semana era el jefe de la manada y el anciano labrador siempre tenía a punto agua y comida en su establo. Al ver el maravilloso espectáculo, los vecinos se agolparon en la puerta de la casa del labrador y le felicitaron, entre entusiasmo, envidia y admiración, por su renovada buena suerte. Éste, nuevamente y con la tranquilidad que le caracterizaba, les respondió: “¿Buena suerte?… ¿mala suerte?… ¡quién sabe!”, pero el pueblo parecía no entender las enigmáticas respuestas del anciano labrador.

Los caballos permanecieron en el establo día tras día bajo los atentos cuidados del menor de los hijos del anciano labrador. Un día, al cabo de un par de semanas, el muchacho intentó domar a uno de aquellos caballos salvajes. Pero tal era la fuerza y brío del caballo, que el joven cayó al suelo bruscamente y se rompió ambas piernas y brazos. Todo el mundo se enteró del grave accidente y consideró aquello como una gran desgracia. No así el labrador, que se limitó a decir, de nuevo: “¿Mala suerte?… ¿buena suerte?… ¡quién sabe!”, provocando de nuevo la perplejidad de sus vecinos.

Unas semanas más tarde, el ejército de aquella nación entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones físicas. Estaban llamados a ir a una terrible guerra de la que muy pocos regresarían con vida. Pero cuando vieron al hijo del labrador con las extremidades rotas, le dejaron tranquilo, ya que sería un problema contar con alguien incapacitado para andar. De nuevo, los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador, a su hijo y al resto de la familia por esa buena noticia, pero de nuevo, el anciano labrador asomó su cabeza por la puerta y encogiéndose de hombros dijo, nuevamente: “¿Ha sido buena suerte?… ¿mala suerte?… queridos vecinos: ¡¿quién sabe?!”.”

Y, en muchas ocasiones, esta interpretación de los acontecimientos que nos muestra el relato, cobra mucho sentido. Ya que lo que a primera vista parece un contratiempo puede ser un disfraz del bien. O, por el contrario, lo que parece bueno a primera vista puede ser realmente perjudicial.

Por ello, quizás que lo razonable es despreocuparse de la suerte (que puede ser mala, buena… o inexistente) y avanzar creando las circunstancias que nos lleven a encarnar la calidad en sus diferentes dimensiones: en lo humano, en las relaciones, en lo social y en la vida.

 

Álex Rovira

Alex Rovira